Quilapayún: 60 años de historia, memoria y resistencia en el Caupolicán
- Lukas Cruzat V.
- 18 oct
- 3 Min. de lectura

Matías Arteaga | Sábado 18 de octubre de 2025
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Hay nombres que no solo pertenecen a la historia de la música, sino también al alma de un país. Quilapayún es uno de ellos. Fundado en 1965, el conjunto ha sido durante seis décadas un símbolo de resistencia, arte comprometido y memoria colectiva. Su legado se entrelaza con los grandes momentos sociales y políticos de Chile, y su canto ha acompañado tanto las esperanzas como las heridas de generaciones completas. Por eso, la noche de celebración de sus 60 años, en un Teatro Caupolicán completamente lleno, fue mucho más que un concierto: fue una ceremonia de identidad.

El espectáculo comenzó con una interpretación completa de la inmortal ‘Cantata Santa María de Iquique’, esa obra maestra de Luis Advis que ha trascendido el tiempo y las fronteras, y que Quilapayún ha sabido convertir en un rito musical de memoria y justicia. En esta ocasión, la agrupación fue acompañada por un elenco femenino de lujo: María José Quintanilla, Magdalena Matthei, Javiera Parra, Amaya Forch y Ema Pinto, quienes aportaron un registro vocal poderoso y conmovedor, ampliando el color y la fuerza de una obra que ya de por sí estremece. El relato estuvo a cargo del actor Pancho Melo, cuya voz, entre solemne y dolida, condujo a la audiencia por el relato trágico de la matanza obrera en Iquique. Cada palabra, cada acorde, resonaba con un eco de memoria que hacía imposible no conmoverse. El público, en silencio absoluto, acompañó con respeto y emoción una interpretación impecable que culminó entre aplausos y vítores.
Tras el cierre de la Cantata, Quilapayún se retiró brevemente del escenario. En ese intermedio, los reflectores se posaron de manera espontánea sobre el palco central: allí se encontraba la candidata presidencial Jeannette Jara, quien fue ovacionada por los asistentes. El cariño y la efusividad del público demostraron que, en esa noche, la música y la historia se abrazaban con la política y el presente.

El segundo acto fue una celebración abierta de la trayectoria del conjunto. Quilapayún regresó al escenario con una energía intacta, repasando canciones que marcaron distintas etapas de su carrera. Todo comenzó con ‘Siempre’ y ‘Ventolera’, dos piezas que recordaron el espíritu poético y social que ha caracterizado su repertorio. Luego, ‘Canto negro’ y ‘Nadie nunca nada’ aportaron ese aire más experimental que el grupo exploró en los años ochenta, mostrando su capacidad para reinventarse sin perder identidad. La calidez regresó con ‘El tren a Valparaíso’ y el humor con ‘Tío Caimán’, coreadas por un público que no solo escuchaba, sino que celebraba cada acorde.
Uno de los momentos más emotivos llegó con ‘El cigarrito’, clásico de Víctor Jara, interpretado casi a capela por todo el Caupolicán. La voz colectiva de miles de personas entonando ese canto simple y libre fue, sin duda, uno de los puntos más conmovedores de la jornada. La emoción continuó con ‘La Mariposa’, ‘Funeral’, ‘Memento’ y ‘Guajira chilena’, donde la banda mostró la madurez y sensibilidad adquiridas con el tiempo. ‘Vals de Colombes’ recordó su largo exilio y la conexión con el público internacional que siempre los ha acompañado.
Entre canción y canción no faltaron las tradicionales décimas de sus integrantes, cargadas de humor, reflexión y cariño. Una de las más aplaudidas precedió a ‘La muralla’, donde los músicos dedicaron sus palabras a los miembros históricos del conjunto y también a Jeannette Jara, desatando una ovación general que convirtió al Caupolicán en un solo canto.
‘La muralla’ reunió nuevamente a las voces femeninas invitadas, al igual que ‘Malembe’ y una potente versión de ‘El derecho de vivir en paz’, donde la unión de generaciones sobre el escenario simbolizó un mensaje de esperanza y continuidad.
El cierre fue una verdadera fiesta colectiva. Con el público de pie, Quilapayún interpretó ‘El pueblo unido jamás será vencido’, himno inmortal que sigue resonando con la misma fuerza de siempre. Luego llegaron ‘La batea’ y ‘Mi patria’, sellando una noche que fue testimonio de historia, arte y humanidad.
Sesenta años después de su nacimiento, Quilapayún sigue recordándonos que la música no solo entretiene: también educa, acompaña y da sentido. En tiempos de cambios e incertidumbres, verlos sobre el escenario fue como mirar un espejo que refleja la dignidad de un pueblo que nunca dejó de cantar.
















